Por: Héctor Rodríguez

Hace 11 años, en un debate televisivo con un dirigente de oposición, señalábamos que “el socialismo debe tender cada vez más a poner el poder y la propiedad en las comunidades organizadas, por eso creemos en la figura de los consejos comunales”.

También hacíamos énfasis en el hecho de que veníamos de una democracia muy adormecida, por lo que a muchos se les dificulta aceptar que la democracia es debate, enfrentar diversidad de ideas y pensamientos, y lograr acuerdos por consenso  basados en el bienestar de las mayorías, y en criterios de justicia y equidad.

Decía el líder chino, Mao Tse Tung, que la máxima de un proceso es garantizarle a cada persona lo que requiere para vivir dignamente, y en contraprestación consciente cada quién debe dar lo mejor de sí mismo para construir esa sociedad justa.

Sin embargo, el capitalismo en su construcción de esquemas y modelos capaces de generar fricciones y provocar rupturas, propició el surgimiento de un grupo humano que no se identifica con su comunidad de origen y que se encuentra generalmente en estado de infelicidad.  Se trata de un grupo sin conciencia de clase que funciona como apoyo, respaldo, e incluso como punta de ariete, de la burguesía.  Estas son las personas dispuestas a hacer los trabajos sucios, pues actúan con los principios más egoístas y cortoplacistas. Se sienten con derecho a realizar actos violentos opuestos al interés de la mayoría. Carlos Marx caracterizó a ese grupo humano y los bautizó como “la casa de la beneficiencia”.

Una persona verdaderamente convencida de que la única salida que tiene la humanidad es ir hacia un modelo socialista, donde el centro sea el ser humano en su integralidad, donde todos tengan  las mismas oportunidades, y los mismos apoyos para superar barreras individuales, y jugar todos en un mismo nivel, nunca favorecerá una deformación social basada en el egoísmo, la envidia, y la violencia.

Ese grupo en condición de desclasado, es reforzado diariamente a través de los medios, que convierten casi en héroes a los personajes de la crónica roja, diseñan protagonistas capaces de hacer desmanes, de destruir todo a su paso sin ser acusado. Luego los propios medios los exponen como en una vitrina de la vida real, y algunas personas asumen gustosas ese papel de testaferros de la violencia, mano cruel de la burguesía y el poder económico.

En un modelo humano, sostenible, todos tenemos el derecho a trabajar en lo que nos sintamos más a gusto, y dónde aportemos más a la comunidad. Nos es propio el derecho a que se nos reconozca el esfuerzo laboral, y económicamente se nos retribuya. Pero también tenemos la obligación de hacer lo mejor por los demás desde nuestra conciencia, capacidad, habilidad y formación. Ser médico, ingeniero o comunicador social, servidor público, docente, agricultor, conductor de transporte masivo o empresario privado… nos establece una obligación de servicio para con los demás.

El Presidente Chávez, a quien recordamos este mes más que núnca por ser el de su nacimiento, fue un maestro y un padre no solo para mi sino para millones de personas en nuestra tierra y en el mundo entero, él siempre nos alertó respecto al modelo capitalista y sus maneras de camuflagear la desigualdad y la tragedia que traía consigo. Fue Hugo Chávez quien nos despertó de aquella larga pesadilla que nos inmovilizaba ante las injusticias, quien nos mostró en la cotidianidad las diferencias entre el modelo capitalista de la muerte y el modelo socialista para la vida.

El Socialismo, así con mayúscula, no es sólo una posibilidad, es el camino de los pueblos que se resisten a vivir en la injusticia y el horror, un modelo que se sostiene en la violencia y en el odio no puede ser el destino de la humanidad. No podemos resignarnos, no podemos naturalizar la violencia. Es indispensable que tomemos conciencia de lo que está en juego, el presente y el futuro pueden ser luminosos, tienen  que serlo, nuestro país lo merece y tiene todas las condiciones para disfrutarlo. Eso que Chávez llamó socialismo bolivariano no es una consigna, es un propósito, y todas y todos tenemos el gran desafío de edificarlo sobre valores fundamentales como el respeto, la tolerancia, la resiliencia y la justicia.