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Caracas, 18 de noviembre de 2018.- El recientemente fallecido cosmólogo británico Stephen Hawking era enfático al señalar que incluso la gente que afirma que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, mira antes de cruzar la calle.

Ese sabio pensamiento, cada día más, debe tener vigencia cuando hablamos de la posibilidad de construir un estado, un país, donde la inclusión sea la regla.

Y es que a pesar de la multiplicidad de pensamientos, de razonamientos, de búsquedas que conviven en cualquier sociedad, en términos generales la mayoría tenemos un mismo objetivo: lograr vivir en paz, con la posibilidad de desarrollar las cualidades propias de cada quien, y siempre en un ambiente de igualdad, justicia y equidad.

Si todos pensáramos exactamente igual, tendríamos problemas a la hora de evolucionar. Y es que, avanzar significa, dentro de una comunidad, encontrar nuevas soluciones para viejos problemas. Cuando todos estamos perfectamente de acuerdo, entonces corremos el riesgo de caer en una zona de confort, perdemos la capacidad autocrítica, empezamos a aceptar sin cuestionar ni razonar. Nos anquilosamos y la comunidad simplemente se deteriora.

Sin embargo, cuando tenemos distintas visiones y somos capaces de ponerlas en la misma mesa, aparece la oportunidad de mejorar, corregir, ajustar, optimizar.

Tal está siendo la experiencia en nuestro estado Miranda. Tenemos 21 municipios, de los cuales, cuatro, con el 20 por ciento de la población mirandina, están administrados por alcaldes de signo opositor. Esto no  ha sido razón para impedir el trabajo conjunto, o excluirlos en las políticas públicas.

Esos cuatro municipios (El Hatillo, Baruta, Chacao y Los Salias), si se toma en cuenta que nuestro estado ocupa el segundo lugar poblacional del país, son fuertes tanto en su población antagonista al Gobierno nacional, como en su capacidad para proyectar sus ideas. En estos municipios está la mayoría de las sedes principales de los medios de comunicación privados. Están los urbanismos simbólicos de la clase alta y media alta nacionales, y albergan numerosas universidades y tecnológicos destacados por su beligerancia política.

Hace un año, cuando los partidos revolucionarios reconquistaron la Gobernación mirandina, las cifras eran muy negativas en materia de seguridad: 15 secuestros y 65 homicidios semanales. La policía estaba desmantelada: sólo había 900 funcionarios. Ahora se ha bajado a un secuestro semanal; menos de 20 homicidios cada siete días, se ha elevado a tres mil policías, y de seis patrullas, contamos ahora con 256.

Se le ha puesto corazón, y se ha profundizado la visión de la mancomunidad. El problema de un alcalde es un problema de todos los alcaldes y del gobernador.

En la práctica, incluso los alcaldes opositores miran antes de cruzar, es decir, han demostrado su capacidad para el diálogo y para respetar la decisión de las mayorías mirandinas para afrontar en conjunto los problemas de nuestro pueblo, en un esfuerzo por cumplir con la misión encomendada por cientos de miles de votantes: mandar obedeciendo.

El científico y filósofo de origen alemán, Albert Einstein, no dejaba de decir que el mundo no está en peligro por las malas personas sino por aquellas que permiten la maldad. Y de ello surge la misión principal para lograr un mañana luminoso, cargado de esperanzas: evitar que aquellos individuos que permiten la maldad se empoderen, se conviertan en líderes de opinión.

Para lograrlo sólo tenemos un camino: el compromiso con el diálogo, la honestidad y la vocación de servicio. Miranda cada día es más un ejemplo de construcción en colectivo, entre iguales, en donde se respeta la disparidad de criterios, en el marco de nuestra maravillosa constitución, todo con un solo objetivo: garantizar calidad de vida para todos los mirandinos y mirandinas.